Estados de ánimo
La profesora de historia, escondida bajo un disfraz de seguridad que embrutece su gesto, está asustada. Le aterroriza la fragilidad de una vida que rebosaría con el humor sarcástico que la caracteriza y que la mantiene a flote en los momentos grises. Las entrañas, no el corazón, se le retuercen al pensar en la pérdida, pero consigue esbozar una media sonrisa cuando piensa en que por fin mañana conocerá a los “pibes” y dará rienda suelta a su vocación de enseñante: la mejor de sus terapias antidepresivas.
El hombre, de casi 60 años, se muestra cabizbajo. Está preocupado por un dolor que lleva aguijonando su pecho intermitentemente durante las últimas semanas. Paradójicamente, teme más el momento de realizar esta confesión a los que quiere que afrontar en solitario sus posibles consecuencias. Le gustaría dedicar más tiempo a sus huertas, contemplar sin presiones la quietud del Océano y conducir, eso sí, a menos de 80km/h por alguna carretera perdida del centro de Europa.
La eufórica se prepara para subirse a un avión. El estómago le arde de nervios, pero no se angustia, porque sabe que ese nerviosismo es de los buenos. Constituye el preludio del reencuentro, de la sobrina ocurrente y de los dulces amargos de una ciudad que una vez fue su todo y que ahora no llega ni al suficiente.
El licenciado está llorando. De nuevo, le han dejado y se compadece de sí mismo por albergar el profundo deseo de que su amante no correspondido le envíe un mensaje arrepentido, para así, demostrarse que aún existe la esperanza de que su condición sexual le permita mantener una convencional relación estable.
La joven, de 28 años, sonríe satisfecha mientras cuenta los aprobados que ha sacado en el primer cuatrimestre de un bachillerato nocturno en el que ya no le da miedo sentirse desubicada. Está agotada físicamente, pero su mente infatigable quiere seguir funcionando, impaciente por lanzarse a la caza de una nueva meta que, quizá, le haga acariciar alguno de sus destinos soñados.
El niño está confundido. No entiende por qué su madre lo reprime con esas voces y esos gestos que la vuelven monstruosa. Le gustaría poder fruncir más el ceño, juntar la barbilla a su frente, cerrarse como un sobre, perderse en su interior como ha visto hacer a los caracoles en el parque, pero por más que lo intenta, no lo consigue. Se siente frustrado y se tapa los oídos.
La estudiante está a la expectativa. La tos convulsiona su cuerpo, pero sigue concentrada ante el papel en blanco. Alguien muy entusiasta le corroboró hace poco que es la mejor manera de sacar a la luz las oscuridades más íntimas. Siente nostalgia de un abrazo protector y refunfuña terriblemente exigente con su persona, porque le habría gustado decir más cosas, naturalizar su semblante, irradiar la felicidad y el amor que quedaron retenidos y silenciosos en la recámara de sus poros.

Comentarios
Vaya Patri. Iba a entrar a
Vaya Patri. Iba a entrar a escribir algo, pero después de leer lo tuyo definitivamente hoy no voy a estar al nivel.
Esto es muy bueno.
¡¡¡Enhorabuena!!!
Vaya Eli!!muchas gracias por
Vaya Eli!!muchas gracias por tu comentario...anima mucho!!pero qué nivel ni qué nivel...¿?lo importante es escribir desde uno mismo no? y yo creo que tú lo haces muy bien, así q espero una entrada tuya al blog pronto ;-)
Da gusto reencontrar a los
Da gusto reencontrar a los nuevos periodistas con un escrito tan sutil. ole!!!!
creo que logro identificarte
creo que logro identificarte en el último párrafo y me preocupa...Espero que tu estado de ánimo ahora mismo no sea ese, sino el que te caracteriza: alegre, risueña, fuerte, VITAAAAAAAL!!!!
Vaya.... no sabía que me
Vaya.... no sabía que me encontraba tan mal. He empezado a llorar en el segundo párrafo, y ya no he podido parar.
Patri, eres muy buena... Felicidades!
Patri for presidenta! ;)
Patri for presidenta! ;)
La infatigable está
La infatigable está exhausta. Cansada de pensar, abatida de enmascarar las heridas, rendida de sonreír. Agarrada a una pizca de optimismo que aún brilla en su pupila triste.
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